Fredo


Hoy llamaré Fredo al compañero de colegio que mi hermana tenía cuando andaba por los tres, cuatro ó cinco años de edad, quién se acuerda ya.
Fredo miraba a mi hermana y sonreía. Era débil, ingenuo, bobo, con una paleta machucada y los ojos entrecerrados del sueño de la mañana. Fredo era bobo, pero no idiota. Era de esa raza de bobos que parece que el viento se los va a llevar de un momento a otro y nuestro único instinto es agarrarlos de los pies.
En el patio, con abrigo y capucha, a Fredo sólo se le veía la cara como una monja. Allí esperaba a sus primas, que salían de clase un poco más tarde y lo agarraban de la mano hasta que lo subían con ellas al autobús escolar. 
Pese al abrigo y el cuello vuelto, Fredo pasaba frío, pero no se quejaba nunca. Ni del frío ni de nada en particular. Sólo entrecerraba los ojos, como si deseara estar siempre dormido, como si aún no acabara de despertar a la vida.
Con mi hermana, era distinto. La miraba y se emocionaba. "Hola, Isabel", decía nuestro lindo bobito. Repetía su nombre cuando la veía, quizá cuando también cuando no podía encontrarla.
Fredo no era feo en absoluto, pese a la paleta machucada y la fragilidad de su cáscara. De hecho, era un querubín de ricitos rubios, de los que se echan a dormir y dejan que Dios haga el trabajo.
Tal querubín aparecía en la foto que se hizo como cada año para el colegio, con el uniforme escolar y delante del fondo azul del estudio fotográfico. 
Fredo le dio una foto a mi hermana. Tan bobo y tan valiente. Isabel era lo único que despertaba su atención en la realidad. Aquello que consideraba hermoso.
A sus primas se aferraba cuando tenía frío y ellas repetían su nombre - Fredo, Fredito -, mientras le acariciaban los ricitos y esperaban el autobús.
Llegaron noticias de que Fredo se dormía en clase en muchas ocasiones y, cuando despertaba a la voz del profesor, sufría de vergüenza ante las risas de los otros niños. Se lo comunicaron a sus padres y éstos dijeron que el autobús escolar pasaba bien temprano por la casa de Fredo, que tenía que despertar al alba.
Además de la somnolencia, los profesores también notaron más cosas en el niño y, durante el verano, Fredo fue sometido a unas pruebas neurológicas. Los resultados no fueron buenos y el siguiente curso escolar empezó sin Fredo. No lo volvimos a ver ni supimos de él.
A excepción de la llamada telefónica de aquel sábado por la mañana, pero no podemos estar seguros que fuera él.
- Hola, ¿está Isabel? 
- Está dormida - contestó mi madre - ¿Quieres que la despierte?
- No, yo la llamo más tarde - dijo el niño y colgó.
Mi hermana Isabel nunca tira nada a la basura y es probable que aquella foto de Fredo, su primer admirador, siga donde la dejó: en un cajón desordenado, lleno de muñecas despelujadas, bolsos, agendas y piedras pintadas con acuarela. Allí estará la fotito de Fredo, mirando a cámara como él lo veía todo. Con un esfuerzo para mantener los ojos abiertos y cumplir con el hecho de estar vivo.
Los años olvidaron la foto, amarillenta y dormida, mientras se tomaban otras fotografías. Fotografías de niños y niñas que crecían y cumplían todas las esperanzas depositadas. 
Hace unos meses, mi madre llegó con las bolsas de la compra y le dijo a mi hermana:
- ¿Sabes a quién vi?
Mi madre no lo reconoció en principio. Fue él quien la llamó por la calle y le dijo quién era. 
Le preguntó por Isabel, sí, y al hacerlo sonrió, ruborizado, probablemente ingenuo, tímido, bobo, como cuando tenía cuatro años. Pero el diente ya no estaría machucado. Se habría caído en algún lugar del camino y otro lo habría reemplazado.
Fredo le contó a mi madre que es mecánico y añadió que se considera muy bueno en su trabajo. Según mis cálculos, debe tener 32 años.

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